En la quietud de la noche, antes de dormirse, Néstor escucha un grito que corta la oscuridad.
Se levanta y abre la ventana; dos perros ladran como si fueran un eco, la prueba de que el grito existió; también parecen serlo unos golpes de puertas o ventanas que se cierran con violencia.
Vuelve a la cama, el grito perturbador resuena en su cabeza hasta que el cansancio lo vence.
Sueña que está en un ascensor, junto con mucha gente, todos apretados. Quiere bajarse porque que hay demasiado peso. Intenta salir pero con tanta gente no puede; pide que le abran paso pero nadie escucha. Ahora bajan a gran velocidad pero no se detienen nunca. La gente lo aprisiona, no puede respirar, el ascensor va ahora en sentido horizontal al encuentro de una luz que viene de frente. Empuja para librarse, y se despierta quitándose las mantas que lo aprisionan.
Al salir del edificio por la mañana, Néstor toma la dirección contraria a la habitual. Llega a la esquina y dobla, sigue por la acera unos cien metros, y entra en una calle estrecha sin salida. En el final hay una casa antigua de aspecto descuidado, con restos de un jardín en el frente; en la pared, una placa enmohecida pone "Residencia Montaigne".
Entra por la puerta entreabierta y encuentra a una mujer de bata azul limpiando el suelo con una fregona, que sumerge una y otra vez en un cubo. Están en un recibidor amplio, solo hay una mesa y una silla.
- Buenos días, ¿hay alguien con quien pueda hablar?
- Estoy yo, puedo escuchar y hablar.
- ¿Es ésta una residencia de ancianos?
- En parte, sí ¿Necesita algo?
- Información.
-¿Quiere ingresar a alguien aquí?
- Podría ser.
- ¿Es un loco?
- ¿Yo?
- No, la persona que quiere ingresar.
- Ah no, no lo es.
- ¿Viene a quejarse por los gritos que hay por la noche? Siempre vienen por eso y empiezan preguntando cualquier cosa para entrar en tema, ya ha habido hasta denuncias. Si le tranquiliza, le informo que este lugar cerrará.
- No vine a quejarme, aunque anoche escuche unos gritos y me pareció...
- Que la voz le era conocida.
- Puede, lo cierto es que la voz gritó mi nombre claramente.
Mientras hablan la mujer pasa la fregona siempre en el mismo lugar, aunque el suelo entero clama por una limpieza que no recibe hace años.
- No importa su nombre, ella lo llamó y usted vino; algo tendrá que decirle. Sígame que lo llevaré a verla, si es que está despierta.
- Espere, yo no quiero ver a nadie.
Pero la mujer, sin esperar, entra por la única puerta que da al interior de la casa. Él la sigue pero debe detenerse para acostumbrar los ojos a la oscuridad de un largo corredor.
Cuando puede camina hasta la puerta de la habitación de donde salen voces apagadas y se queda en la entrada. La mujer de la bata habla con alguien en voz muy baja, luego del cuchicheo se acerca a él:
- Quiere que le diga que debe alejarse de los ojos vacíos que lo siguen, son los de la muerte.
- ¿Qué ojos vacíos?, ¿De qué habla?
La mujer sale de la habitación obligando a Néstor a retroceder; cierra la puerta y vuelven por el corredor hasta el recibidor.
- Ahora está muy cansada, anoche no durmió bien, tiene que irse.
- ¿Puedo volver en otro momento?
- No vuelva más, ya escuchó lo que debía oír. Ella se altera demasiado y le hace mal; está muy débil y ya no dirá nada más.
- Entiendo. Gracias, adiós.
Se dirige a la puerta de salida; se vuelve para preguntar algo, pero la mujer ya no está.
Pasados unos días, se acerca a la casa pero encuentra las puertas cerradas, y nadie atiende su llamado.
Una noche, tiene el mismo sueño hasta que lo despiertan unos gritos; se asoma a la ventana y oye claramente:
- ¡¡¡NESTOR!!!
Un llanto más apagado reclama:
- ¡LOS OJOS, LOS OJOS VACÍOS!
Cuando vuelve el silencio, se mete en la cama. Por la mañana no tiene claro si todo fue un único sueño, se propone olvidar el tema y no ir más a la residencia.
Días después, sale a la calle y se encamina hacia la vieja casona. Cuando llega, unos hombres con monos azules cargan muebles en un camión.
Se acerca al más fornido que parece dar indicaciones a los otros.
- ¿Perdone, sabe si hay alguien en la residencia?
- Que yo sepa, hace muchos años que aquí no hay nadie, y yo vivo desde siempre en este barrio. Tengo que vaciar la casa antes de que la derriben, no lo había hecho todavía porque había intenciones de reformarla, pero ahora van a construir un edificio de viviendas. ¿Quiere algún mueble de aquí?, puede llevarse lo que quiera, tendré menos cosas que cargar en el camión.
- Hace poco hablé con la mujer que limpia, y había pacientes adentro.
- ¿Pacientes?, todos los locos y viejos que vivieron aquí alguna vez ya fueron trasladados o murieron. Los que usted vio serían vagabundos que ocupan casas vacías; esa gente intenta meterse en cualquier lugar abandonado. Le puedo asegurar que aquí no hay nadie desde hace mucho tiempo.
- ¿Puedo entrar?
- Todavía tenemos que retirar unas cosas; puede hacerlo pero esté atento, no sea que lo dejemos encerrado.
Observa que falta la placa con el nombre de la residencia y entra. En el hall donde habló con la mujer de bata azul, no hay ningún mueble; el suelo está sucio, pero el lugar donde la mujer fregaba obsesivamente, está limpio.
Desde el recibidor, pasa la puerta que da al interior, respirando un aire cargado de humedad.
Las habitaciones tienen los suelos y paredes sucias, pero una de ellas, donde estaban las dos mujeres, parece haber sido ocupada recientemente. Hay marcas donde estarían ubicadas la cama y alguna cómoda, y las paredes guardan restos de un empapelado.
Por la ventana se ve un patio cubierto de hojas secas, se pregunta cuantos otoños fueron necesarios para formar esa alfombra tan compacta.
La luz del sol ilumina de lado los cristales, que llevan adheridos una lámina de suciedad donde un dedo trémulo ha escrito "NESTOR, TE MIRAN LOS OJOS DE LA MUERTE". La frase es como una descarga eléctrica en su cerebro.
- Oiga, tiene que irse porque debo cerrar; ya viene la máquina de demolición para echar abajo todo esto - el hombre del camión le gruñe desde la puerta de la habitación y corta su línea de pensamiento.
Un sorpresivo golpe aplicado desde afuera hace que los cristales de la ventana salten en pedazos, todavía resiste un trozo adherido al marco, en el que se puede leer a contraluz "NESTOR, TE MIRAN". Al tironear para despegarlo, se corta la mano y suelta el cristal, que se pulveriza contra el suelo.
- ¡Deja de aporrear la ventana que todavía estamos adentro, animal! - grita el hombre a uno de sus empleados que se asoma enarbolando un martillo, luego arrastra a Néstor por el brazo hasta el jardín.
- Amigo, tengo que hacer un trabajo, y usted me está demorando -le dice malhumorado.
- Claro, perdone.
Se repite que debe olvidar el tema, que de todas maneras, ya no volverá a escuchar aquellos gritos.
Efectivamente, es eso lo que ocurre; pero hoy sus pasos lo han llevado nuevamente hasta lo que era, ¿una semana?, ¿un mes antes?..., la residencia Montaigne.
Una valla metálica rodea el solar, y unas máquinas excavan el terreno para preparar los cimientos de un edificio.
Si lo piensa bien, no conserva ninguna prueba material de lo ocurrido allí; la reciente cicatriz que lleva en su mano podría ser consecuencia de una torpeza en el manejo de alguna herramienta.
Abandona el lugar. Camina hasta la estación de trenes y sube las escaleras de acceso a la plataforma. Desde ese punto las vías se extienden por un carril elevado sobre la avenida llena de coches que avanzan de forma lenta e intermitente. Saca el billete en una máquina y espera en el andén, buscando una explicación que rellene el hueco que se ha abierto en su interior y que amenaza con no cerrarse.
El tren entra despacio, es uno de los nuevos modelos controlados por sistema informático. En las ventanillas donde debería verse un maquinista, no hay nadie. Como es la primera estación del trayecto, no trae gente; se detiene con un ruido de descompresión de frenos y se abren las puertas.
El último vagón queda delante de él; los graffitis dibujados hasta en los cristales, representan personas con cuerpos deformes llegando desde la nada y orientados hacia las puertas de entrada. En sus caras de ojos huecos, negras bocas gritan horrores mudos, como en el cuadro "El grito", de Edward Münch.
La gente entra y ocupa los asientos: empleados, estudiantes cargados de libros y carpetas, un ciego que lleva una mochila a la espalda y es guiado por un perro blanco...
Néstor se gira hacia el panel de información que avisa de la salida en diez minutos; lee y relee para no mirar hacia el tren porque presiente que lo que verá, lo helará de espanto. Sigue el movimiento de letras y números, esperando que esa racionalidad digital sea punto de referencia para calmar su mente alucinada.
Alguien lo roza y pasa de largo. Mira a la persona que lo tocó y que camina hacia la escalera de salida con un perro blanco.
Lleva prisa, se diría que se cambiaron los roles y ahora el ciego es el guía; lo último que ve de él es la calavera fumando, símbolo de su grupo de rock preferido, sobre una espalda que ahora no lleva mochila.
Se rinde a la atracción de mirar lo que ocurre a su lado y se gira: las figuras pintadas se mueven; caminan o reptan hacia las puertas, y van entrando en el vagón como en una procesión de ojos y bocas vacías.
Permanece inmóvil en el andén mientras se cierran las puertas y el convoy se aleja por el ramal elevado, hacia el punto donde se sumergirá para cruzar la ciudad bajo sus cimientos.
Aunque el tren ya está algo lejos cuando entra en la boca del túnel, la explosión lo sacude. Desde su lugar ve la bola de fuego en la que se convierte el último vagón.
...
- ¿Necesita ayuda? - un agente de seguridad del metro lo vuelve a la realidad, o a otra dimensión de su delirio...
El vagón de las figuras, ahora inmóviles, ronronea delante de él, esperando que le llegue desde el centro de control la orden de partir.
- No, gracias - dice, y encara la puerta de entrada. Necesita aferrarse al guión escrito para ese día, no debe permitirse ser afectado por alucinaciones.
Todos los asientos están ocupados y se ubica de pie cerca de la puerta. En el panel de información interno, el mensaje de letras rojas le avisa que faltan siete minutos para partir.
El chico sentado a su frente se levanta, le deja el asiento libre y se va hacia el próximo vagón.
Sigue entrando gente; Néstor se sienta, acomoda su bastón blanco de ciego entre las piernas y acaricia la cabeza de su perro. Se quita la mochila de la espalda y la ubica debajo del asiento; como tiene el tamaño exacto encaja en el hueco sin sobresalir, parece formar parte del mobiliario. Mira como cambian los minutos que restan para la partida; cuando lee que faltan dos, se levanta para salir del vagón.
Un último grupo de pasajeros llega a la carrera y entra a los empujones. La presión que provocan hace imposible abrirse paso hacia la puerta; el perro le impide caminar porque se ha desplazado de un costado a otro rodeando sus piernas con la correa.
Intenta librarse del lazo que lo aprisiona pero es imposible, las personas del vagón ahora lo miran con sus cuencas vacías y oscuras.
Puede ver como se acelera el panel: cincuenta..., veinte..., sólo dos segundos para la partida...
Se cierran las puertas y el tren se pone en marcha acelerando hacia la boca del túnel, ya falta nada para alcanzarlo. Ahora todo es real: el cerco de condenados que lo observan mientras lo arrastran consigo hacia la trampa que él les había preparado
R.L. / Marzo 2011
Etiquetas: Relatos
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LA FAMILIA POLILLAL María Elena Walsh La polilla come lana de la noche a la mañana. Muerde, come, come, muerde lana roja, lana verde. Sentadita en el ropero con su plato y su babero, come lana de color con cuchillo y tenedor. Sus hijitos comilones tienen cuna de botones. Su marido don Polillo balconea en un bolsillo. De repente se avecina la señora Naftalina. Muy oronda la verán, toda envuelta en celofán. La familia polillal la espía por un ojal, y le apunta con la aguja a la Naftalina bruja. Pero don Polillo ordena: --No la maten, me da pena; vámonos a otros roperos a llenarlos de agujeros. Y se van todos de viaje con muchísimo equipaje: las hilachas de una blusa y un paquete de pelusa. |
Etiquetas: Monólogos
- Hay muchas mesas libres, y prefiero estar sola.
- Por favor, deja que te explique, si me siento contigo, podré aprobar el examen.
- ¿Que examen?
- Para conseguir el empleo más importante de mi vida, colaborador en un periódico.
- ¿Y qué tengo que ver con eso?
- Hoy es la entrevista con el psicólogo y lo más importante que evaluará es mi autoestima.
- De nuevo, ¿Qué tengo que ver con eso?
- Sentado desayunando contigo, empezaré bien el día, los demás pensarán que eres mi amiga o mi novia, yo me sentiré un triunfador y lo notará el entrevistador.
- ¿Crees que tu fantasía te ayudará?, hablar conmigo puede perjudicarte.
- Tienes la apariencia de una chica inteligente, estás leyendo a un ruso, debes ser estudiante de letras o filosofía. Vestida con unos vaqueros y un jersey que te queda algo grande pero no oculta que tienes un lindo cuerpo; no el de una chica que lo cuida obsesivamente, sino de la que lo recibió como un don que agradece, pero no lo usa para conseguir cosas en la vida. Prefiere conseguirlas por el camino más difícil del esfuerzo y el intelecto. También eres muy linda pero usas gafas como para ocultar tanta belleza.
- Muy halagador, pero prefiero estar sola y que nadie piense que estamos juntos.
- Otra chica usaría lentillas, pero a ti te sirven para interponer una barrera entre tú y la gente.
- Parece que contigo esa barrera no funciona.
- Es que a mí no me atraen las chicas vistosas ni lo superficial y externo, me gusta el interior.
- ¿Y porqué no tomas ahora mismo un tren hacia alguna provincia lejana?
- Solo serán unos minutos, sé que el psicólogo de la empresa desayuna aquí, me verá contigo y me recordará.
- ¿Como lo sabes?
- Si esta aquí te verá, porque los hombres te miran; después observará detalles: ¿quién es el afortunado que está con ella?, ¿como habrá hecho para conquistarla?, me observará con más atención, y me reconocerá después.
- Ellos no lo saben, pero lo supondrán por la forma en que te miro.
-Yo no veo nada especial.
- Ellos sí, los hombres saben como se comporta uno de la especie cuando le gusta una mujer, leen el lenguaje gestual.
- Muy National Geographic; según tú, ahora ellos estarán viendo claramente que yo te gusto.
- Es lo que creen, porque estoy fingiendo que me gustas, lanzo señales inconfundibles.
- También verán que tú a mí no me gustas.
- Lo tomarán como la indiferencia típica de las intelectualizadas; sus problemas para generar o expresar sentimientos les dan ese aire de que siempre se pierden algo...
- Ahora tengo más ganas de que te vayas.
- No me malinterpretes. Ellos te ven así, yo no, yo veo una chica sensible y dulce a la que podría escribirle una poesía que dejaría a Neruda como redactor de prospecto de medicamento.
- ¿También eres poeta?
- Si llegaras a gustarme lo sería por ti, pero antes debería conocerte mejor.
- Mi interior, no hay trenes hacia allí, al menos para tí ¿Y por qué levantas tanto ese libro?
- Ni se te ocurra. ¿Llevas el libro para usarlo en tu puesta en escena?
- No, lo estoy leyendo.
- ¿Te interesa la psicología?
- Entre otras cosas, ¿y a ti?
- A veces.
- Estarás de acuerdo en que el mío es un buen plan.
- Algo retorcido.
- Necesito ese trabajo; para una persona con mujer e hijos que mantener, es vital.
- ¿Estas casado?
- No, pero me gustaría estarlo algún día y tener hijos, entonces será vital.
- ¿Es lo que te gustaría?
- ¿El qué?
- Este empleo y casarte.
- Casarme, sí; y el empleo para poder escribir novelas.
- ¿Eres escritor?
- Escribo historias; si te refieres a vender algún libro mío, no. Todavía debo escribir mi gran novela, para lo que debo conocer a la persona maravillosa que sacará toda la creatividad que bulle aquí adentro y que a veces hasta duele. Por eso intento hablar contigo.
- No puedes evitar soltar todo ese rollo.
- ¿Cual rollo?
- De que buscas a alguien maravilloso, suena a entrada.
- ¿Porqué? Solo te pedí sentarme en tu mesa para sentirme bien, impresionar al psicólogo, reforzar mi autoestima, conseguir el empleo para pagarme los estudios y el alquiler. De buscar a esa chica especial, ya me encargaré yo solo..., aunque pensándolo bien...
- ¿Qué?
- Tendrás alguna amiga que puedas presentarme, porque tú debes tener amigas lindas e inteligentes. Es esa luz que desprendes, cuando has entrado se notó. EL señor de la mesa a tu izquierda pudo por fin leer cómodamente, antes tenía que girarse hacia la ventana, hasta parece más joven; y la pareja esa estaba discutiendo y ahora están de la mano porque se ven mejor y se han reconocido; si embelleces a los que están cerca ocasionalmente, mucho más a los amigos. Intentas ocultarlo, pero tu brillo es tan fuerte que no lo controlas, me recuerdas a Campanilla.
- Si lo tuviera y la apreciara, no sé si te la presentaría.
- Puede ser egoísmo. ¿Y alguna a la que odies?
- No odio a nadie.
- Solo a mí.
- No te odio.
- No quise dar esa impresión, para halagarte un poco diré que tienes mucha imaginación, llevas aquí mucho rato y todavía no llamé al camarero para que te eche.
- Si consigo el trabajo puedo invitarte a cenar como agradecimiento.
- No voy a cenar contigo.
- Puedo pagarte una cena en un restaurante para que invites a tu novio.
- No tengo novio.
- Ah, perdona por mencionarlo...es preocupante.
- ¿Preocupante?
- Que con todos los chicos que estarán disponibles para ti, todavía no tengas novio.
- No dije que nunca lo haya tenido. ¿Y qué es preocupante?
- Tanta gente te estará buscando, sin poder llegar a tu corazón, no sabrán cuál es el camino.
- Sonó algo tópico pero no estuvo mal. En todo caso no son tantos los candidatos, no todos piensan como tú.
- ¿Como pienso yo?
- Lo que has dicho, que te gusto.
- Dije que le gustas a los hombres y que finjo que me gustas. Para mí eres demasiado...no sé.
- ¿Demasiado qué?
- Demasiado de algo que te hace inalcanzable; por eso será que teniendo tantos interesados alrededor, estés sin pareja. Muchas exigencias talvez.
- ¿Pero quien te crees para juzgarme?
- Perdona, tienes razón, debería estar agradecido de que me hayas permitido sentarme a tu mesa.
- No te lo he permitido, es que todavía no conseguí que te vayas.
- Seguro que consigo el empleo. Pero llegados a este punto de nuestra conversación, creo que si hablo más contigo, me dirás lo que piensas de mí y me deprimiré, no aprobaré la entrevista.
- Solo por ayudarte te diré que no pienso mal de ti.
- ¿Y que piensas?
- Que estás un poco loco, pero eres divertido y sabes agradar el oído de una mujer.
- Eso es bueno para ser escritor o conquistar una chica, ¿No?
- Es lo que se busca para escribir historias o crónicas en un periódico y que interesen a la gente.
- ¿Te gustaría entonces que aprobase la entrevista?, seria mérito tuyo.
- Me gustaría, pero no sería mío el mérito.
- Bueno.
- E invitarte a cenar.
- Si.
- Cenamos entonces.
- Dije que sí podías invitarme, no que aceptaría. Eso está por verse.
- ¿Y de que depende?
- Del resultado de la entrevista.
- Me siento genial, estoy a punto de conseguir el empleo y cenar contigo. Debo prevenirte que soy capaz de mentirte sobre el resultado con tal de volver a verte.
- No podrías, conozco al psicólogo que te entrevistará.
- ¿Conoces al psicólogo?, a Alex Schwar... no se qué.
- Es Alexandra Schwartzman, soy yo.
- ...
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mi arte vuela bajito,
Puede el gaucho desahogarse,
cuando el deseo lo aqueja,
en el amor de una oveja,
en el temblor de su mano,
pero amigo, no es cristiano
querer voltearse a su vieja.
Si es que la sangre ya hierve
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Me acuerdo. Fue en Balvanera
en una noche lejana,
que alguien vio un agujero
en mi bufanda de lana.
Alguno dijo también
después de acercar la silla,
- esto no es agujero e' bala
es mordisco de polilla-.
Quién sabe por qué razón
me anda buscando ese insecto,
se atreve a comer mi ropa
y a ofenderme el intelecto.
Nadie con hambre tan firme
habrá volado en la tierra,
nadie llegó de ese modo
a declararme la guerra.
Audaz la veo, y cabal,
con su plato y su babero,
su buen vasito de vino,
devorándome el ropero.
Desde el boliche, furioso,
y rodeado de mi gente,
volví buscando desquite
contra ese bicho insolente.
Desde la puerta del cuarto
la llamé con voz muy clara,
antes cerré la ventana
para que no se escapara.
Grité: ¡A ver si tenés el coraje
de defender tu vida!
¡Si no salís del armario
te lleno de insecticida!
Tras el cristal, el patio,
las torres de Balvanera;
y la muerte rondando
en una noche cualquiera.
Por la puerta entreabierta
con un gesto desafiante,
mi temible enemigo
surgió con vuelo elegante.
Nadie vio sus rasgos. Vieron,
bajo la luz amarilla,
choque de sombras o insectos,
coraje de hombre y polilla.
El primero que ataca
toma ventaja en el duelo,
con una certera estocada
la alcancé y trunqué su vuelo.
Cayó, como cae un ave,
desgraciada criaturita,
por suerte no se golpeó
porque la almohada es blandita
Sólo Dios puede saber
la laya fiel del bichito,
señores, yo estoy cantando
lo que ocurrió en un ratito.
Acaso en aquel momento
en que la vi, allí vencida,
pensé que a un varón no cuadra
convertirse en homicida.
Me acordé de aquella historia
que escuché de chiquitito,
donde una polilla tenía
casa, marido e hijito.
Estaba herida la pobre,
tenía un golpe en la alita,
le puse iodo, una crema,
y le apliqué una tirita.
Entre todos los presentes
le armamos una cunita,
le regalé la bufanda
para que duerma abrigadita.
Ahora tengo una amiga,
no importa que la gente hable,
compartimos soledades
y vemos tele por cable.
Cuando vuelvo del trabajo
después de dura jornada,
me espera con su sonrisa
y la comida preparada.
Hay que ver con que cariño
me persigue por la casa,
a veces hasta me ayuda
a ponerme la alpargata.
Cuando vienen los amigos
y se arma la guitarreada,
nos hace mate cocido
con galleta y mermelada.
De tanto escuchar artista
y disfrutar de la farra,
ahora escribe poesía
y hasta toca la guitarra.
Dice que tiene un novio,
me lo presenta mañana,
ya le explicó, son sagradas
todas mis prendas de lana.
Es parte de la familia,
yo la llamo María Elena,
por poner, le puse el nombre
de una polilla buena.
FIN
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