Le había dicho a Juan que no me dejase sola, ellos vendrían en cuanto escuchasen el ruido del coche alejándose.
Son muy listos, solo aparecen cuando Juan no está, por eso nunca pudo verlos y no me cree cuando le cuento que me golpean las puertas y el techo y se ríen de mi miedo.
A veces, al girarme, veo la sonrisa de uno de ellos mirándome desde la ventana desde hace no sé cuanto tiempo, con sus horribles ojos parecidos a los del Rey de Espadas.
Son muy astutos, de a poco han conseguido que Juan y toda su familia crean que estoy mal de la cabeza; disimulan pero los delata la forma en que me miran cuando nos reunimos los domingos; sé que Juan les ha contado todo, y eso que le pedí que no lo hiciera para que no me creyesen una loca.
Me tratan con una condescendencia irritante, coinciden conmigo en todo; como si yo no recordase que hasta ayer, no había un solo tema en el que estuviésemos de acuerdo.
Lo han convencido de que fue un error casarnos. Qué digo casarnos, conocernos tan solo; piensan que ni siquiera debería estar en este país. Yo, una refugiada política del tercer mundo huída de sus torturadores, que pensó encontrar aquí quien se importase por su sufrimiento y el de aquellos que no pudieron escapar.
Todavía no sé lo que Juan sintió por mí al conocerme; primero me pareció ser un impulso de protección, y luego, cuando le hablé del sadismo de mis captores, compasión.
Él era voluntario en el comité de defensa de derechos humanos que consiguió mi liberación y salida del país; había entrado allí para buscar a un amigo suyo desaparecido. Después de saber que murió asesinado, siguió ayudando a quienes como yo, habían vuelto del infierno.
Su solidaridad y comprensión eran en gran parte motivadas por la suerte de su amigo; pero al tiempo, descubrí que era solidario con cualquiera que hubiese padecido más que lo que él mismo sufrió, en manos de su opresiva familia.
La coincidencia de que su amigo hubiese estado detenido en el mismo centro que yo, fue lo que inicialmente nos acercó. De a poco, comenzamos a estar más tiempo juntos, contradiciendo las normas del centro de evitar contactos personales fuera del proceso de recuperación.
Es sabido que no se puede poner puertas al campo y yo, necesitada de encontrar el apoyo y el cariño que no encontraba en mi propia familia, hallé en él la puerta de entrada a una segunda oportunidad de vida.
Cuando estuvo claro que tendríamos relaciones sexuales, le conté lo de las violaciones, no podía ocultárselo. Dijo que él intentaría, con su amor, reparar el daño que me habían hecho.
Así fue desde el principio, me reconfortó su dulzura, sentir dentro de mí la pasión de un hombre que me amaba. De a poco conseguí disfrutar y excitarme, hasta recuperar la capacidad de sentir placer.
Hasta que me pidió que tuviéramos un hijo.
Yo no quería porque ya había tenido uno y ellos me lo habían quitado, pero eso Juan no lo sabía.
No pude contarle que al ser presa, estaba embarazada y durante el cautiverio nació un niño; ese secreto me pertenecía y yo a él.
Uno de los captores me violaba casi todos los días y se hacía llamar el Rey de Espadas, usaba una capucha y solo pude ver sus ojos alguna vez. Me decía que, puesto que él venía todos los días a darle el beso de las buenas noches, ese hijo que crecía dentro de mí sería más suyo que de su verdadero padre, mi compañero al que asesinaron la misma noche de mi secuestro.
El día del parto me llevaron a un improvisado hospital, me sedaron, y al despertar me dijeron que el bebé había nacido muerto. No les creí porque estaba segura de que en medio de mi somnolencia lo había oído llorar, pero no pude verlo ni saber si había sido niño o niña.
El Rey de Espadas me dijo que yo había cumplido, que la muerte del bebé no había sido culpa de nadie y que pronto quedaría en libertad. Una noche, después de violarme, dijo que era la última; gracias a él, me soltarían al otro día y podría salir del país, pero las semillas que dejaba dentro de mí florecerían, aunque fuese mezcladas con las de otro.
Yo no estaba preparada todavía para afrontar esa cuestión, y me aterrorizaba la idea de tener hijos. Obsesionada, tomaba pastillas para evitar un embarazo, pero un fin de semana en la sierra perdí la cajita y no había donde comprar. Juan insistió que lo hiciéramos con preservativos comprados en la gasolinera; yo no quería pero prácticamente me vi obligada a aceptar, no podía negarle tantas cosas al hombre que me había devuelto a la vida apostando la suya.
Como siguiendo un guión escrito en las paredes de la mazmorra donde estuve cautiva, al poco tiempo mi cuerpo anunció que había otras vidas dentro de mí; para ser exactos, dos. Si no respetaba su voluntad, el impulso que las empujaba al exterior, yo dejaría de ser el nido protector para convertirme en algo peor que su prisión, un campo de exterminio.
Después del parto tuve unos años felices en el que el instinto maternal se impuso a los fantasmas del pasado. Al mismo tiempo, pensaba continuamente que podía haber otro hijo mío andando por el mundo sin saber de su verdadero origen, y al que jamás podría conocer.
Un día comencé a sentir que era espiada; al volverme o mirar a una puerta que estaba desenfocada, en los límites del campo visual, descubría algo como cuerpos o sombras que se ocultaban.
Para que no tuviese dudas de su presencia, comenzaron a hacer ruidos y a reírse o chillar detrás de las paredes siempre que yo estaba sola.
No demoraron en colarse casi todo el tiempo dentro de la casa, y a merodear casi en silencio cuando Juan estaba conmigo; con él cerca yo disimulaba y no podía hacerles nada.
Primero no entendí como entraban en una habitación cerrada, hasta que descubrí que cuando querían, podían ser tan leves y maleables como el humo y pasar por debajo de las puertas.
Estaban detrás de él y nos miraban todo el tiempo, riéndose en susurros y cuchicheando entre ellos; Juan no los escuchaba ni veía, aunque reptaran por la cama. Ya no podía entregarme, no podía arriesgarme a que entrasen dentro de mí junto con Juan; me negaba a hacer el amor con él hasta que dejó de intentarlo.
Cuando me quedaba sola se desataban; me acechaban, chillando y burlándose desde afuera porque me temían; sabían que acabaría con ellos si osaban entrar.
No podía seguir así, aunque al principio me repetía que eran fruto de mi fantasía, cada vez se hacían más reales y me convencí de que habían venido por algo. Una noche desperté dando alaridos, sintiendo que me abrían las piernas queriendo entrar.
No me perdonaban el haber sobrevivido, casi todos los que estuvieron conmigo en aquél encierro habían muerto; yo me salvé por ser la preferida del Rey de Espadas, y reconocía con culpa que en la desesperación, había intentado agradarle para que me preservase. Ahora temía que esa servidumbre continuaría hasta el fin de mi vida; que como tributo debería entregarle mis hijos.
Ahora habían entrado en la casa, por alguna razón ya no me temían; con horror me di cuenta de que estaban en el cuarto de los gemelos. Los escuchaba llamarme y corrí escaleras arriba armada con el cuchillo de cortar carne; entré a la habitación, vi al de los ojos del Rey de Espadas saltando sobre las camas y me tiré sobre él. Por un momento, pareció creer que era un juego; cuando lo dominé y levanté mi brazo armado, me repitió lo mismo que me susurró al oído en nuestra última noche: que siempre sería parte de mí y de los hijos que tuviese.
Esa promesa se había cumplido, estaba entre nosotros, proyectado desde la oscuridad de mi mente, por una herida que nunca se cerraría; pero lo había descubierto y le mataría.
Apuñalé una y otra vez el cuerpo donde habitaba el monstruo hasta perder la fuerza de mis brazos y me deslizé hacia el suelo con suavidad. Antes de dormirme envuelta en una paz que por fin me aliviaba; oí el coche de Juan que llegaba con los niños desde la escuela. Me tranquilizó escucharlo subiendo las escaleras, llamándome; sería el primero en encontrarme e impediría que mis hijos me viesen en ese estado. Sentí que por fin dejaba la prisión de mi cuerpo, donde el Rey de Espadas y sus secuaces quedarían encerrados para siempre.
FIN
Etiquetas: Relatos
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